domingo, 20 de octubre de 2013

DIEGO VELAZQUEZ "REINA" EN EL PRADO


Este post es puro "arte". Con estas palabras damos paso a escribir, nosotras, y a leer, vosotros, el contenido de cuanto nos aproxima a la magnífica muestra que en el Museo del Prado tiene especial expresión la obra de DIEGO RODRIGUEZ DE SILVA Y VELAZQUEZ, mas conocido, como DIEGO VELAZQUEZ, en un alarde de magia artística que se inaugurará el 9 de octubre y que podrá visitarse hasta el 9 de febrero de 2014.

 
Si hasta hace poco mas de un mes fue la exposición que el Museo Reina Sofía de Madrid cerró sus puertas con un éxito arrollador como consecuencia de la retrospectiva dedicada a Salvador Dalí, avalada por las visitas de mas de 700.000 visitantes, es ahora que el Museo del Prado nos ofrece la magnifica oportunidad de conocer al maestro de maestros, al hombre que convirtió en obra maestra cada una de sus creaciones.


Es de significar que la muestra en cuestión abarca prácticamente los últimos diez años de su carrera, dedicados, en especial, al retrato, y ante todo, al retrato de Corte. También reseñar que la exposición abarca unas treinta obras, de las que la mitad son de DIEGO VELAZQUEZ y la otra mitad de dos de sus sucesores y que colaboraron con el genio sevillano Juan Carreño de Miranda y Juan Bautista Martínez del Cerro. También destacar el hecho bien cierto que bastantes de estas obras provienen de otros Museos, pues en el Museo del Prado sólo tienen exposición cinco de ellas; es más, alguna que otra no se ha visto jamás por el público, en general. Y es en ello en lo que radica la grandeza, por amplitud y por calidad de esta EXPOSICION que ninguno debemos dejar escapar.


La situación histórica que se vive en España en aquellos años condiciona profundamente la actitud que hacia Diego Velázquez tuvo el rey Felipe IV, un hombre avejentado prematuramente, y muy dolido ante la imposibilidad de dar un heredero al trono de España. La década de 1650 se nos presenta ante nuestros ojos bajo la mirada atenta a todos y cada uno de los retratos de Corte, que encargados por Felipe IV, realizó nuestro maestro sevillano. Este tipo de cuadros no solo nos sirven para conocer mas profundamente a la familia real, sino también a todas las alianzas que se prepararon con la finalidad de unir en matrimonio a hijos de hermanos y primos, dando lugar a una rueda endogámica que tuvo su culminación en el "esperpento" que fue CARLOS II. De esta forma podemos conocer, prácticamente, desde su nacimiento, hasta su pronto fallecer, a los hijos de Felipe IV, María Teresa, Margarita, Felipe Próspero y Carlos II, amén, evidentemente, a su mujer Mariana.




Si posamos la vista sobre los cuadros de las distintas infantas, parecen las mismas, con los mismos rasgos, evidente consecuencia del reiterado cruce de consanguineidad que se daba en la realeza, amén de que la mayoría de infantes e infantas morían a temprana edad, víctima de enfermedades triviales, pero que debido a su debilidad física no podían remontar.


Entre los distintos retratos podemos encontrar el que el maestro sevillano realizó a Mariana de Austria, en 1652, prometida que estuvo a su primo Baltasar Carlos, al morir éste el rey decidió casarse con ella, treinta años más joven, todo ello con la finalidad única de conseguir el heredero varón; así de esta unión nacieron Felipe Próspero, que apenas llegó a los cuatro años y Carlos II, y ello sin contar la infinidad de abortos de criaturas muertas, consecuencia de estas alianzas matrimoniales. Pero, lo que realmente vamos es a analizar el retrato de Mariana de Austria, en el que se observa la majestuosidad de la figura, gracias a la magia que Diego Velázquez conseguía con la coloración y los efectos de la luz sobre los matices de la aparatosa vestimenta. Eso sí, hay algo que Diego Velázquez también quiso transmitir tanto con éste como con los distintos retratos que hizo al resto de la familia de Felipe IV: impuso un distanciamiento, una actitud fría entre el pintor y su modelo, como si quisiera dar la impresión de estar plasmando presencias estáticas, carentes de vida.


Nos podemos, igualmente detener en el retrato que un Felipe IV, anciano, y no por edad, pues apenas contaba con cincuenta años, sino por el aspecto "derrotado" de su cuerpo y de su espíritu. Sus ojos carecen de luz, sus labios están sellados ¿para siempre?. El negro, sepulcral, envuelve el rostro del monarca, para el que su única alegría, por entonces, lo era su pequeña hija la infanta Margarita, que es retratada en tres o cuatro ocasiones, y que podéis "disfrutar" todos aquellos que os deis un delicioso paseo artístico por el Museo del Prado; los retratos en cuestión fueron siendo realizados con la finalidad de ir siendo enviados a las distintas cortes europeas, para  obtener alianzas matrimoniales, y es del todo probable que de cada uno de ellos se hicieran varias copias.




El hecho cierto, y aunque volvamos atrás en el tiempo es que Diego Velázquez residía en Roma (Italia), cuando fue solicitada su presencia por la corte española, y mucho le costó abandonar su residencia habitual. Allá en Italia cultivaba también el retrato, pero eran sus personalidades retratadas adultos y la finalidad de la obra muy distinta de la que impuso la corte española. Basta para ello detenernos en un retrato especialmente maravilloso el que realizó, en el año 1650, al Papa Inocencio X, en el que destaca, fundamentalmente, el juego de la luz, en una armonía conseguidísima de rojos y blancos; un color que hasta hizo exclamar al propio Papa,  È troppo vero¡, -demasiado auténtico-. La vida se palpaba en la mirada y en la luz que proyectaba no sólo el atavío de la personalidad, sino en sus ojos -vivos y audaces-. Este cuadro se expone por primera vez en nuestro país, y su ubicación habitual es el Museo Wellington, de Londres.


Pero, saltemos de nuevo en el tiempo, y situémonos en la corte española, allí Diego Velázquez retrató también a la Infanta María Teresa, hija de Felipe IV y su primera esposa, Isabel de Borbón, la cual casó con Luis XIV. Cabe destacar en este cuadro la forma en que Diego Velázquez "remata" la peluca que lleva la Infanta, con una especie de mariposas, etéreas, en un intento de llamar la atención sobre rasgos distintos de los físicos, repetitivos en todos los infantes-.


Nos llama especialmente la atención el retrato del príncipe Felipe Próspero, realizado en 1659, cuando el pequeño sólo contaba dos años, pues murió en 1661. Diego Velázquez hizo bastantes retoques estéticos en el rostro del pequeño infante, pues era un niño cabezón y con la boca siempre abierta, amén de pálido y con aspecto enfermizo. Y lo que mas nos llama la atención es la cantidad de "talismanes" que porta, contra el "mal de ojo"; así, podemos observar el pomo de ámbar contra las infecciones, amén de una serie de útiles contra la superstición. Quizás lo que "salva" la obra, lo que le insufla vida, es el perrillo que aparece a la izquierda de la pintura, que, curiosamente, está sentado en el sillón real.



Y, por supuesto, hemos dejado para el final, la joya de la corona, LAS MENINAS, que ha llegado a nosotros por una buena suerte del "destino", ya que resultó dañado en el incendio del Alcázar de 1734. En este cuadro nada hay casual, y conserva cierto punto enigmático, concebido, como muchas cosas para capricho de rey (otro más) , permaneció siempre en la estancia privada de éste, en su despacho de verano

 
Este cuadro, que ha dado lugar a multitud de interpretaciones, tiene como marco espacial la habitación más importante del apartamento del palacio Real en el que vivía el pintor. En la obra aparece el mismo Velázquez frente al caballete con la cruz de la Orden de Santiago, aunque la distinción fue añadida después a su muerte por orden del rey, ya que Velázquez todavía no la había recibido cuando pintó el cuadro.


En el fondo de la habitación, un espejo refleja la imagen del rey y de la reina; en el centro aparece la infanta Margarita acompañada por dos doncellas reales, y a la derecha del cuadro, en primer plano, figuran la enana Mari-Bárbola y el enano Nicolás de Pertusato, que intenta despertar con el pie a un mastín tumbado en el suelo. Detrás de este grupo hay dos figuras y finalmente, al lado de la escalera, vemos al mayordomo de la reina.

 
 
La composición es de una gran complejidad y constituye un extraordinario ejemplo de pintura de una pintura: los reyes se representan indirectamente, vistos a través de un espejo, mientras que por lo que respecta a los protagonistas de la obra, la infanta y sus acompañantes, no se sabe si son el tema del cuadro en que está trabajando Velázquez o bien si están mirando pintar al artista. Por último, el espectador se siente incluido en el espacio del cuadro, ya que el espejo con las imágenes de los reyes le hace suponer que están contemplando la misma escena que él pero a sus espaldas. Dicho de otro modo, el espectador ocupa ilusoriamente el lugar de los retratados, el lugar de los reyes, y este hecho ha dado pábulo a incesantes especulaciones. Desde el punto de vista de la factura, es una obra de prodigiosa ejecución, incluso dentro de la pintura del artista. Las pinceladas son como toques de luz que modelan los vestidos y los cuerpos, dotándolos de una gran vivacidad.
                                                 


Por empeño personal de Felipe IV, Velázquez recibiría, un año antes de morir, en Madrid, el 6 de agosto de 1660, la preciada distinción de caballero de la Orden de Santiago, un honor no concedido nunca ni antes ni después a pintor alguno.
 


Para VALEDORASDELGUSTO es un honor haber podido haceros compañía por este pequeño paseo visual, a través de la obra exquisita de DIEGO RODRIGUEZ DE SILVA Y VELAZQUEZ, y os emplazamos a que, si tenéis la oportunidad, un fin de semana cualquiera, os acerquéis al Museo del Prado y con vuestros propios sentidos, os dediquéis un buen rato al deleite que supone contemplar la grandiosa obra de un hombre que ha pasado a la historia por ser el mejor de los pintores del barroco español.
 
BIENVENIDO, MAESTRO DIEGO RODRIGUEZ DE SILVA Y VELAZQUEZ A ESTE REINO, EN EL QUE SOLO ALGUNOS GENIOS  TIENEN EL PRIVILEGIO DE "REINAR": MUSEO DEL PRADO. MADRID.


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