miércoles, 28 de agosto de 2013

LOS DUQUES DE WINDSOR: HISTORIA Y LEYENDA




La Historia es la fuente de conocimiento más generosa que tiene el hombre, y por ende, la de aprender de los errores de los demás, y, por supuesto, de sus miserias.
Muchas vidas, aparentemente rodeadas de un lujo desorbitado, han tenido, en el fondo de su naturaleza una negra, oscura y triste existencia.
Así son numerosas las historias y leyendas sobre personalidades famosas que han llegado a nuestros oídos, y que las crónicas se han encargado de dejarnos plasmadas en libros y artículos bien trazados.
Este es el caso de una pareja excepcional, y decimos excepcional, no por maravillosa o fantástica, sino, precisamente, por la extraña combinación que existió entre ellos y que los elevó a lo más alto de la sociedad para después caer, denostada por esta: sus protagonistas LOS DUQUES DE WINDSOR.
Esta es su historia y mucho menos, su leyenda.



La imagen que la prensa del corazón nos transmitió de los Duques de Windsor desde principios de su historia de amor y renuncia ha estado edulcorada, primeramente, por el hecho tan especial de que un rey renuncie a un trono por amor, como fue lo que nos vendieron en el caso de Eduardo VIII y su no menos carismática amante y posterior esposa, Wallis Simpson. Sus aventuras y desventuras llenaban todas las páginas de las revistas del corazón: ambos eran tan elegantes, derrochadores, decorativos, e incluso, podríamos afirmar que parecían "indefensos". Pero la verdad era bien distinta.


Empezamos por Wallis, nacida en Baltimore, en 1895, en el seno de una buena familia, si bien ella fue el resultado de un tropiezo, pues sus padres se casaron cuando Wallis ya tenia año y medio. Poco después el padre murió y la niña creció, fundamentalmente, bajo el cuidado de una abuela, implacable, dura, eso si, riquísima, si bien su madre, caída en desgracia, tuvo que ganarse la vida como costurera.  Este difícil contraste que nuestra Wallis niña vivió, la marcó para siempre, e hizo nacer en ella el deseo irrefrenable por el dinero y el poder social. Así se convirtió en una mujer dura, egocéntrica, y podríamos incluso llegar a decir que padeció anorexia -muchos de vosotros habréis oído su célebre sentencia: "Una mujer no es nunca demasiado delgada, ni demasiado rica". El primero de sus ideales lo llevaba a rajatabla, lo que le daba un cierto aspecto físico inquietante, con un rostro anguloso, en el que sólo se salvaban sus bonitos ojos azules.


Su primer marido, un militar americano, era bisexual; el segundo, del que se divorció para casarse con el duque, era Ernest Simpson, un hombre de negocios, al que arruinó a base de satisfacer todas sus extravagancias y que hacía ojos ciegos cuando la que todavía era su esposa, salía con el príncipe de Gales, evidentemente, algo obtenía a cambio.


Al Principe Eduardo le conoció en 1932, ella tenía 37 años y el 38. Nuestro príncipe era un hombre físicamente agraciado, era alto, rubio, delgado, con ojos azules, y provisto de una figura bien construida. Al igual que Wallis tenía sus manías alimenticias, pues comía poquísimo, apenas lechugas y frutas, eso sí, aderezado con un buen alcohol. Iba de fiesta en fiesta, dedicándose a mariposear y a tejer tapetes a ganchillo, a la vez que tomaba una amante, y soltaba la anterior. Cuando ambos se conocieron es célebre la frase que Eduardo le dijo a Wallis, ¿No añora usted, como americana que vive en Londres, la calefacción de su país". Wallis, que se las sabía todas, respondió, atacando: "Me decepciona usted, señor. Todas las americanas que vienen a Inglaterra son preguntadas por lo mismo y yo esperaba algo mas original del Príncipe de Gales".


No cabe la menor duda que desde el primer momento en que ambos coincidieron Eduardo quedó prendado de Wallis, prendado y atrapado por ella, máxime teniendo en cuenta que aquél padecía ciertos problemas sexuales, y Wallis, según se decía, era un mujer experimentada y con una numerosa lista de amantes a sus espaldas.

 
Sea como fuere, entre la pareja surgió una complicidad íntima rayana en la rareza pero que, evidentemente, funcionaba.
El marco histórico que les tocó vivir, los años treinta, estuvieron marcados por la miseria social, la gente padecían en gran medida de hambre, pero ellos ni siquiera le daban la mas mínima importancia a ello, o quizás, ese mundo no existía bajo sus pies: ambos eran caprichosos, manirrotos, ostentosos, baste poner como ejemplo que durante su viaje de bodas se llevaron nada mas y nada menos que 266 maletas.


Después de la guerra se instalaron en Francia, en una mansión en la que contaban con 30 sirvientes, entre ellos 7 criados con librea, imprimían todos los días en francés el menú de sus perros falderos (es evidente que el de ellos, ni falta, pues apenas comían), que degustaban en platos de plata (los perros). Y para extravagancias la de Wallis, que había que todos los días le plancharan los billetes porque le gustaba oír como crujían.


Cuando el Príncipe de Gales llegó al trono en enero de 1936, con el nombre de Eduardo VIII,  su amada Wallis hizo rebajar un 10%  el salario de los empleados de palacio y puso en la calle a los mas viejos y enfermos. Pero lo peor de todo fueron las actividades pronazis y profascistas de la pareja, pues hicieron todo lo posible y mas para ayudar a la causa de Hitler. Y para rematar su comportamiento pasaron secretos de Estado a los alemanes e italianos.  Para probar si esto, efectivamente, era cierto, les hicieron conocedores de una serie de secretos de Estado que eran ficticios, y fueron interceptados en el correo del Notario nazi Ribbentrop, amigo íntimo de Wallis.

Estando así la situación, el Gobierno no vio salida mas airosa para la pareja que "invitar" a Eduardo VIII a abdicar, sobre todo, cuando este insistió en que la divorciada Wallis se casara con él, ya no podía vivir sin ella; no era así el caso de Wallis, que llegaba incluso a despreciarle, por su dependencia, ella quería seguir siendo su amante, no quería ser su esposa. En diciembre de 1936, el Gobierno obligó a Eduardo VIII a abandonar el trono.

 
 
Esta situación produjo en Wallis una reacción terrible, al sentirse, de nuevo, condenada, en este caso, por la sociedad británica. Sin embargo, y a pesar de que el ya duque de Windsor había abandonado el trono, éste y su esposa, continuaron con su contribución a la causa nazi, haciendo todo lo posible por que ésta pudiera triunfar en una Europa dividida.


Así fue que cuando la 2ª Guerra Mundial terminó ambos se retiraron a una lujosa y decadente vida social, y entre sus nuevos entretenimientos, allá por el año 1947, ambos se hicieron amigos íntimos de un tipo indeseable, llamado Jimmy Donahue, millonario y homosexual, que había tenido sus mas y sus menos con la justicia, pero que con los Duques hacía el papel de "tercero", aunque, evidentemente, no en discordia, sino con la total complacencia del Duque de Windsor.


Cuando el 28 de mayo de 1972, Eduardo falleció, Wallis dijo de él: "El era mi vida entera"; pero esta vida, entera o no, la sobrevivió quince años, que pasó triste y miserablemente.


La duquesa de Windsor falleció el 24 de abril de 1986, al funeral y entierro asistieron Isabel II, el príncipe Felipe, el príncipe y la princesa de Gales, a pesar de la tensa relación que mantuvo con los miembros de la Familia Real.

Es así como son o parecen las historias de amor, y para VALEDORASDELGUSTO, ésta, fuera de amor, de dependencia, o sencillamente, de ambición, es una historia que merece ser conocida por todos y juzgada por aquéllos que sean  capaces, eso sí, como en todo, de tirar la primera piedra.


Wallis resumió su vida con la frase: “No tienes idea de lo difícil que es vivir un gran romance”.



Fuentes: Pasiones. Rosa Montero.
              Wikipedia.

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